DOI 10.35381/cm.v12i22.2183
Inteligencia emocional como tesoro de la humanidad ante la convergencia tecnológica e hiperconexión social
“La inteligencia artificial es lógica sin pulso y cerebro sin corazón. La inteligencia emocional es el tesoro, refugio y sentimiento presente en el palpitar de la empatía que protege el sentido de humanidad ante la convergencia tecnológica e hiperconexión social” (Duque, 2026)
El contexto contemporáneo global se distingue en la actualidad por ser parte de una transformación, llena de cambios sociales y tecnológicos acompañados de incertidumbre en todos los ámbitos; lo cual, plantea a la humanidad el reto de ser emocionalmente inteligentes para gestionar las dinámicas de una realidad digitalmente acelerada, llena de sobreestimulación que exige un enfoque crítico, desde el cual, se fortalezcan las competencias humanas que contribuyan a equilibrar lo que se piensa con lo que se manifiesta de las circunstancias, lo que se siente, así como las acciones o reacciones, para mejorar la capacidad de respuesta a las adversidades, facilitando la recuperación ante las imprevistos y dificultades emergentes.
Por ende, la inteligencia emocional se considera elemental para mantener la conexión en un escenario donde las tecnologías se fusionan propiciando puntos de encuentro entre la realidad humana y la virtual, derivándose el reto de mantener la empatía, el lenguaje corporal y calidez que acompaña una situación comunicativa presencial para evitar la despersonalización. Para ello, es fundamental tener en cuenta el autoconocimiento de lo que se siente y los motivos que generan ese sentir, la autorregulación para mantener el control ante los cambios en función de lograr la adaptación, al dirigir las emociones de acuerdo con intencionalidades claras en la gestión personal para resolver situaciones o conflictos.
Con ello, se evidencia la impetuosa necesidad de fortalecer el desarrollo de la inteligencia emocional como competencia con carácter transversal imprescindible para cuidar la paz social evidente en la sana convivencia, la salud mental y el liderazgo inspirador en la adaptación psicosocial dentro de sociedades tecnificadas; lo cual, es importante en situaciones de la vida real para lograr la trascendencia al mundo virtual evidente en la empatía tanto física como digital, la autorregulación como escudo para evitar reacciones impulsivas en redes sociales, proyección de personalidad con autenticidad e intención clara. Todo ello, amerita ser fortalecido continuamente como elemento vital para mantener la esencia humana en un entorno cada vez más automatizado.
De allí que, la inteligencia emocional sea el antídoto contra la deshumanización porque contribuye a gestionar la hiperconexión, facilita la adaptabilidad ante los cambios, fomenta el uso consciente de la tecnología con intuición, ética, valores y significado que forma parte de un legado, porque la convergencia tecnológica permite incrementar el alcance, pero sin inteligencia emocional, se encuentra en riesgo la comprensión genuina de las emociones que no puede ser replicada por máquinas.
En tal sentido, la educación debe evolucionar y no sólo esperar que los avances tecnológicos se hagan presente en los procesos educativos; sino fortalecer la educación del ser como parte de un cambio paradigmático desde el saber hacia el saber estar, al fomentar espacios para la construcción del conocimiento aunado a la capacidad de tomar decisiones éticas, con claridad mental en relación a la aplicación de lo aprendido; todo ello, desde una identidad genuina que no sea fácilmente manipulable por tendencias, ni dependiente de la validación externa, porque se sustenta en el pensamiento crítico para generar planteamientos propios, tolerar los desacuerdos y mantener la brújula moral que orienta el propósito de cada acción para el alcance de las metas.
Por ende, es preciso entender que los aspectos intelectuales y cognitivos presentan una conexión indiscutible que más allá de un lujo, constituye una estrategia de supervivencia ante la convergencia tecnológica e hiperconexión social porque, así como mejora la tecnología para asumir tareas lógicas, de igual manera se requiere de una pedagogía centrada en el ser, donde la inteligencia emocional constituya un núcleo irremplazable como ventaja competitiva de la humanidad frente a la tecnología que no puede duplicar la intuición ética, la resiliencia existencial y empatía para compartir la vulnerabilidad y sentimientos, transformando las circunstancias difíciles en oportunidades de crecimiento continuo, siendo esa la principal diferencia que se requiere aprovechar y fortalecer porque mientras la tecnología se reinicia ante las fallas, la humanidad evoluciona.
Dra. Jennifer Andreina Duque-Rodríguez
Red de Investigación Koinonía, Maracaibo, Zulia. Venezuela
http://orcid.org/0000-0002-2349-2525